Un gol. De penalty injusto. O en propia puerta. A favor. O en contra. Un solitario gol hubiese hecho que Osasuna no hubiese bajado a Segunda División. La fortuna hace que un tiro al poste, rebote y salga fuera, o entre. Dependiendo de a quién se hubiese marcado ese gol o contra quien no lo hubiese encajado, seguiría en Primera División. Y todo seguiría igual. Archanco sería el presidente, Javi Gracia el entrenador, hubiéramos oído algún rumor de grandes deudas, al que no le habríamos hecho mucho caso. Grandes sueldos se repartirían a diestro y siniestro por todo Tajonar. Miraríamos atrás con admiración el trabajo y los resultados de Izco. Nadie reprocharía a Miguel Sanz el haber hecho la vista gorda con los pagos de Osasuna a Hacienda. En la prensa madrileña recordarían el petardazo a Buyo cuando el Real Madrid visitase El Sadar. Habríamos encajado sendas goleadas en el Bernabeu y Camp Nou. La prensa deportiva nos habría seguido ninguneando. Messi y Cristiano Ronaldo visitarían el Sadar en vez de jugadores desconocidos que nos bailan a base de correr. Y un speaker animaría el juego del descanso.
Todo eso hemos perdido por un gol. Y lo peor de todo, que tras ver las deudas que tenía el club, la implicación de los jugadores y el papel de la cantera en los últimos años, no tenemos muy claro si fue una putada o ha sido una bendición.
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